DESPERTANDO EL PODER FEMENINO MEDIANTE LA SANACIÓN SEXUAL

Todos los seres humanos llegan al mundo por la puerta de nuestro templo, por nuestra vagina, un lugar sagrado. El misterio del nacimiento, nuestro primer acto de amor, simboliza el momento en que la placenta llena de sangre se rompe y libera la nueva vida.

Hoy en día, muchas mujeres siguen experimentando sentimientos de vergüenza y suciedad hacia su propio cuerpo, hacia sus genitales. Sienten que
huele mal. Comparan la flor de su sexualidad con otras mujeres, llegándose a operar porque el tamaño de sus labios es distinto. Ven, continuamente, algún defecto en sus formas físicas: caderas demasiado grandes, senos pequeños, estatura corta, caída del pelo, celulitis… Sin embargo, éste no ha sido siempre el patrón.

Durante un tiempo, este culto a lo femenino y a la vulva era un emblema de santidad y trascendencia. Los propios ciclos de la menstruación eran burlados en lugar de verlos como tiempos distintos de purificación, de ensueño, de intuición y visión.

Y me pregunto: ¿en qué momento la mujer ha perdido el contacto con su feminidad? ¿En qué momento, nosotras las mujeres, hemos perdido el poder asociado a nuestro sexo y a nuestra sensibilidad, sin ser conscientes de nuestras propias necesidades?

Socialmente, se ha obligado a nuestro cuerpo a conformarse con las expectativas culturales de tamaño, forma y belleza para servir a la avaricia
humana.

Se le ha empujado más allá de los límites de la fuerza y la resistencia.
Se le ha maltratado sexualmente.

Pienso en todas las mujeres que he tratado y que han sufrido algún tipo de atropello especialmente físico, pero también emocional. Y percibo que éste es la causa más obvia del porque la mujer se divorcia de sus propios sentimientos.

Cuando una niña o adolescente padece abusos en manos de un adulto con autoridad, ya sea su padre, hermano, tío, abuelo, profesor, amigo de la familia, médico, jefe… ésta insensibiliza su cuerpo para olvidar el sufrimiento humillante asociado al trauma sexual. Sin embargo, este padecimiento persiste, no desaparece. La experiencia queda almacenada en el organismo en el lugar de la agresión.

Por ejemplo: en los pechos, el clítoris, la vagina, el cérvix, las paredes vaginales, los labios, las piernas…, causando un dolor tangible y sensaciones contradictorias de placer, de insensibilidad o de enfermedad.

Muchas de las mujeres que han sufrido invasiones sexuales a una temprana edad se han desconectado por completo, anestesiando su instinto y
perspicacia, poniendo una armadura sobre sus heridas, dejando de confiar en su voz interior. Ya que estar en contacto con su cuerpo desencadena
recuerdos demasiado tormentosos.

Hoy podemos poner luz y consciencia. Convertir este traumático episodio en una vivencia trascendental profunda para comprender cómo la tristeza y la confusión quedan atrapadas en nuestro interior. Y así, poder liberar las memorias a través de la presencia, el amor y la compasión, de la mano de la sanación sexual.

Amerai

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2018-09-24T12:22:26+00:00