APRENDIENDO A SOLTAR DESDE EL AMOR

He tenido la maravillosa oportunidad de vivir, durante una semana, una conexión y una profunda intimidad con un hombre. Y la he podido vivir gracias a esta misma conexión e intimidad conmigo misma.

He experimentado el amor incondicional.

  • Sintiendo que la felicidad del otro es mi propia felicidad.
  • Sintiendo que el dolor del otro es mi propio dolor.
  • Sintiendo que la necesidad del otro puede ser mi propia necesidad.
  • Sintiendo que los miedos, las inseguridades y los celos del otro pueden ser los míos también.

Y entendiendo la compasión como un estado interno inalterable de amor, de luz, de vida.

He tenido la posibilidad de intimar con esta persona a niveles muy intensos sin que el acto sexual en sí estuviera implicado. Probablemente, porque había unos límites y la sexualidad  no era una posibilidad viable.

Pero creo y siento que esta absencia de sexualidad ha despertado aún más en nosotros un estado creativo permanente. Donde la sensualidad, la danza, el baile, el contacto visual, el tacto, la respiración, el movimiento, la quietud, el silencio, la palabra, la llamada, la energía, el descanso y la excitación han podido estar presentes prácticamente las veinticuatro horas del día.

He vivido el encuentro con este ser en un espacio donde lo más importante, en cada momento, era ser sinceros con cada emoción, con cada acto.

He percibido el apoyo de este hombre, la mirada comprensiva, la escucha, el acompañamiento, la devoción, la estima sin condiciones, la presencia.

He creído como nunca que podía soltarme totalmente.

Porque confío en la vida y no temo. Porque el dejarse ir implicaba el encomendarse al otro. Sintiendo que éramos uno, sintiendo que no había separación.
Pocos momentos de mente. Muchos momentos de expansión, de energía. De corazón a corazón. De conexión con la tierra, de conexión con lo más espiritual y sagrado de la naturaleza humana. De polaridad entre hombre y mujer.

Donde sólo podía existir el ahora. Donde nuestras vidas, nuestra rutina, nuestros distintos países de orígen y nuestra diferencia de idioma no eran un obstáculo.

Una intimidad sagrada.

Una visión abierta.

Una comunicación clara y directa.

Una escucha atenta, relajada, llena de entendimiento.

Respiro. Y noto que se ha creado un vínculo muy especial entre nosotros que podría haber generado dependencia y apego por todo lo vivido y compartido durante estos siete maravillosos días y noches.

Pero dejo ir el futuro, dejo ir cualquier expectativa de volverlo a ver, de volverlo a oler y de volverlo a poder mirar a los ojos.
Siento que he estado en una burbuja, donde el amor atravesaba cada poro de mi piel. Inspiro. Expiro.

Puedo echar de menos cada centímetro de su cuerpo, cada movimento de sus caderas y esa mirada interior que me permitía viajar a través de ella a otros planetas y a otras partes de mí misma hasta ahora desconocidas.

Sin embargo, me recompensa profundamente todo lo vivido. Apreciando que su felicidad es mi felicidad. Y que esté donde esté, haga lo que haga y aunque no nos volvamos a ver, una parte de mí estará siempre con él y una parte de él estará siempre en la memoria de mis células, en la memoria de mis pensamientos.

Respiro de nuevo, profundamente.

Percibo como la vida puede, en cada segundo, en cada minuto, brindarnos el extraordinario regalo de la existencia individual y colectiva. Cuando conecto e interiorizo esta explosión de amor, tan íntima y compartida, con una entrega completa, sin restricciones, compruebo que todo lo demás deja de tener sentido.

Las formas se pierden, el tiempo desaparece. Como el perfume de una flor, intangible y a la vez tan penetrante.
Este tipo de relaciones son las que yo quiero en mi vida.

De amor ilimitado, de libertad, de honestidad, de pureza, de inocencia, de sensualidad, de aceptación, de compasión, de diversión, de energía, de gozo.

La vida es un obsequio fascinante y las relaciones se pueden vivir desde muchas actitudes distintas.

Y yo me planteo: qué necessitamos para poder caminar por la vida con el corazón abierto, sin importar el mañana, sin tener expectativas, sin tener que perder o ganar nada específico… Simplemente siendo, estando, viviendo, sintiendo y compartiendo lo que surja a cada instante.
Observo dentro de mi corazón la existencia de una paleta llena de todos los colores posibles para poder, en cada momento, pintar sobre un lienzo blanco lo inimaginable, lo infinito.

Como un arco iris que dibuja un puente entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Y donde a mí me lleva hacia la pulsión de vida que es una vibración constante de dicha, de éxtasis, de plenitud.
Escucho mi propia alma desnuda, en estado puro.

La que es capaz de contemplar todo lo que sucede a su alrededor y soltarlo. La que es capaz de reconocer que todo lo que siento ha estado siempre en mi interior. Percibo que los otros son portales, son espejos que me ayudan a ir a lo más profundo de mí.

Para crecer, para vivir exprimiendo todas mis posibilidades y capacidades. Para ser cada día un poco más generosa, conmigo y con los demás.

Y siento un verdadero agradecimiento al tantra. Tengo la certeza de que pertenezco a él. Siempre ha estado en mí y cada vez está más presente en
mi trayecto.

Me proporciona la fuerza, las herramientas y los recursos personales para seguir aprendiendo y experimentando. Porque, en definitiva,
el amor siempre está en mí.

Y hoy lloro. Porque los sueños se hacen realidad. Porque la realidad no deja
de ser un sueño.

Amerai 

2018-04-09T09:21:47+00:00