Sanando a través del placer

Para mí, el taller del ‘Río del Amor’ resultó ser un gran, -aunque inesperado-, momento de sanación consciente. A través del ritual y las distintas fases del masaje tuve ‘momentos cumbre’ de placer por los que entendí cómo tuve que gestionar desde muy pequeño el dolor, el placer, el miedo y el amor.

Al principio noté que sentir placer de manera tan abierta y sincera por parte de mi compañera me hacía sentir… ¡dolor! Un dolor que al principio se manifestaba en llanto, y que al final acababa en carcajadas de risa. De repente pude entender que desde hace mucho tiempo había aprendido a desconfiar de que alguien me diera tanto placer; como si detrás de ello se escondiera un final demasiado frustrante para mí… Así que mejor reprimir la satisfacción de mis necesidades más naturales.

Tanto las había reprimido que en el momento presente, ante el masaje de la persona que te ama, sentía un placer ‘insoportable’ –mi cara era de esfuerzo y dolor-, un placer que un día hace mucho tiempo yo mismo decidí convertir en dolor como mecanismo defensivo.

Durante el masaje, el placer intenso que sentía era como un tsunami agridulce; quería recibirlo, pero tenía miedo de aceptarlo, notaba que me entraba un sudor frío y tuve miedo de desmayarme.

Recordé entonces los desmayos que he tenido en algunos episodios de mi vida en momentos de stress relacionados con el merecimiento de logros… Tuve que parar para pedir agua a mi compañera, para restablecerme de esa sensación de desmayo. Le pedí que reemprendiera el masaje con más lentitud: mi proceso lo requería.

Después de eso fui valiente, me di cuenta de que había llegado un momento importante, quería trascender por fin esa sensación de auto-negación del placer: sabía que detrás de ello había un premio para mí… Me abrí: empecé a respirar, a dar sonido a mi respiración, a dar movimiento, a dejar que mi cuerpo pidiera más y más placer.

Exageré con teatralidad y poco a poco vi que eso me ayudaba a entrar de verdad en el placer, a ‘soportarlo’ sin desmayarme… me dí permiso total. Y así, fui testigo de cómo a través del placer que me proporcionaba mi compañera mi ‘niño herido’ sanaba.

Entendí que el placer cura, que cuando uno se abre a él, cuando uno cree que lo merece, todo cambia. El ‘niño herido’ siente la atención que antaño no tuvo, y puede volver a comenzar, a saber que no hay nada malo en sentir y pedir placer, y en cambio sí mucho tabú no natural y mucha creencia limitadora en la actitud de reprimirlo.

Mi actitud había cambiado, cada vez me movía y respiraba con más soltura, sin vergüenza, con total merecimiento de ser… Noté que salía una nueva sonrisa en mí más descarada y franca; cerraba los ojos, levantaba la barbilla y sonreía sin parar, igual que hace un niño feliz al ver cumplidos sus deseos afectivos, ya sea por la caricia de su madre o por el regalo de un fin de semana en Disneyworld… Estaba asistiendo al renacimiento de “mi niño interior’…

En este taller del ‘Río del Amor’ obtuve un ‘insight’ mental, emocional y sobre todo físico que nunca hubiera imaginado. Mi ‘niño herido’ aceptó el placer, y abierta esta puerta ya no hay sospecha de que se esconda algo negativo detrás. Esto se ha transformado luego en actitudes más valientes y afirmativas en mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional. Todo está relacionado.

Un par de horas después de la sanación me fui con mi compañera a comer una mariscada a la playa. Luego nos bañamos en el mar de la costa brava… Vivir; ¡qué placer!

Miguel Ángel Segura Mercado

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2018-10-10T20:11:11+00:00